Mi mundo de papel

Mi mundo de papel

Aquí está la historia de mi mundo hecho en papel. Parte de mi historia, lo que hago y sobre todo el porqué. Espero les guste y, ¿por qué no? tal vez ayude a alguien que pueda estar pasando por lo que yo pasé.

Soy Ana, desde hace buen rato vivo en Edmonton, Canadá. De un tiempo para acá les he platicado y mostrado algunas piezas significativas de mi trabajo, pero nunca les he contado cómo empezó todo, ni por qué.

Viví varios años en Canadá antes de conocer a mi esposo. Hice y deshice a mi antojo. Me enfiesté, trabajé, estudié, en fin, creo que de mi lista no faltaba gran cosa por hacer, o al menos eso creía yo. Soltera, sin problemas económicos (en ese tiempo), sin compromisos de ningún tipo, no tenía interés en establecerme y lo único que estaba pendiente ese año era un viaje con mi mejor amiga (canadiense) por Europa. En mi trabajo me negaron las vacaciones para la fecha que planeábamos salir y todo cambió drásticamente, después ella se embarazó y pospusimos todo. En ese tiempo, la relación con mi novio se reforzó al punto que decidimos formalizar. Cuando supe que ese hombre era “mi hombre” mi vida cambió. Después supe que venía en camino nuestra primer hija, el Octopus (pulpo), que en ese tiempo era solo un repollito.

Todo era felicidad, estaba (y sigo) totalmente enamorada de mi hombre. Además de ser 100% correspondida, ¡tendríamos una hija juntos! Compramos un coche y nos pasábamos días enteros soñando despiertos, yendo a cuanto curso prenatal podíamos, planeando y comprando cosas para nuestro bebé. Yo trabajaba, él trabajaba, ¡todo pintaba fantástico! Yo me consideraba una mujer muy fuerte física, emocional y psicológicamente. Creía que nada podía irrumpir en mi vida y cambiar eso… hasta el día en que nació la bebé.

El parto fue muy difícil. Las heridas físicas que me dejó no me las había contado nadie. Ni siquiera pensaba que podrían suceder. Desgarramiento, hemorroides, puntadas, eran cosas que yo no había contemplado. Después, cuando creí que ya en casa me sentiría mejor tuvimos que volver al hospital, la bebé presentaba ictericia y había que ponerla en tratamiento. Yo no podía con el dolor físico del parto y encima no sabía que estaba amamantando a la bebé mal. Fue entonces cuando conocí el término “mastitis” (que tampoco nadie me había contado antes), mucho menos que fuera tan doloroso y común. Mis boobies parecían piedras. El solo roce de la bata o blusa me hacía llorar. La mejor solución era que la bebé comiera, pero la bebé trataba y no podía. Nadie nos dimos cuenta.

Dos días después por fin volvimos a casa. El cansancio hizo mella; la bebé lloraba, estaba hambrienta, tuvimos que darle fórmula, mis boobies sangraban. Éramos solo mi esposo y yo. Él no tenía idea de cómo ayudarme, llorábamos juntos, rezábamos juntos y volvíamos a llorar. Era difícil creer que algo que nos hacía tanta ilusión estaba siendo tan difícil y doloroso.

Él se hizo cargo de mí y de la bebé. Terminó perdiendo su trabajo. Yo estaba (obviamente) en incapacidad por maternidad y recibía solo el 50% de lo que era mi sueldo. El primer cheque llegó dos meses después de que la bebé naciera. En ese tiempo, lo poco ahorrado se acabó y empezamos a vivir de las tarjetas de crédito.

Aunado al dolor físico, se añadió el estrés económico y la incertidumbre. Habían pasado ya tres meses. Amamantar era casi imposible. La bebé no podía tomar de mi pecho, aún así yo intentaba e intentaba sin cesar. A la larga, eso me llenó de frustración. ¡Tampoco estaba preparada para eso! Me sentía tan poca cosa ¡ni siquiera podía alimentar a mi bebé! Eran tres meses ya y yo no estaba feliz. No disfrutaba a mi bebé, estaba inmensamente triste y solo quería llorar y esconderme. Después me sentía terriblemente culpable, me preguntaba: «¿qué clase de mujer soy? ¡¿acabo de tener un bebé y no soy feliz?! ¿acaso no quiero a mi bebé? ¿qué me pasa? ¿por qué me pasa? » Me sentía tan vacía.

En mi revisión médica el doctor me preguntó: «¿cómo estás tú, mamá?», yo le respondí que bien. Él me miró a los ojos y me preguntó: «¿bien?». Entonces empecé a llorar como desquiciada. «¿Por qué lloras?», me preguntó nuevamente el doctor. «no sé», le contesté… ¡No sabía! Preocupado, me preguntó si había tenido pensamientos de lastimarme a mí o a mi bebé. El terror se apoderó de mí. Jamás pensé en lastimar a mi bebé, pero el hecho de no sentirme feliz al estar con ella me asustaba. Un par de veces pensé en desaparecer. El doctor dijo entonces: «es común sentir lo que sientes, pero el baby blues es normal hasta los 60 días después del parto. Si se alarga es considerado depresión postparto y debe ser tratado, veo todas las características ahora, pero no voy a medicarte si no es tu deseo. ¿Qué quieres hacer?». «¿Salir corriendo? », pensé. El doctor me envió con una consultora de lactancia, y me sugirió que tuviera actividad física de ser posible junto con mi bebé. Mencionó que si lo económico era problema existían subsidios y además me recetó un medicamento para recuperar mi lechita.

Finalmente, conseguí el subsidio. Mi bebé y yo íbamos a nadar, a clases de aerobics con carriolas, a baby & mom fitness, así se empezó a crear el lazo entre mi hija y yo que tanto anhelaba. Entonces, ¡sucedió lo mejor! Con la ayuda de la consultora, ¡por fin pude amamantar a mi bebé! Con lo fuerte que succionaba, lo hambrienta que era, y las medicinas, mi cuerpo reaccionó y ¡se puso a tope con la producción de leche!

Mi estado emocional empezó a cambiar. Mi mejor amiga jamás me soltó de la mano, ni mi esposo. Mi hermano vino a vivir a Canadá y poco a poco las cosas cambiaron. Cuando ella cumplió 10 meses yo estaba mucho mejor aunque no al 100%. Mi esposo empezó a trabajar, así que ella y yo pasábamos mucho tiempo solas. Yo me sentía inútil sin un trabajo pagado y siendo mamá de tiempo completo. Era algo que nunca pensé que haría. Limpiaba obsesivamente y aun así esa sensación de “no logro nada”nomás no se iba.

Un día, una amiga mexicana me preguntó: «¿sabes dónde puedo conseguir una piñata?». «Mmmmm… En la tienda latina tal vez… », le respondí. «Pero una con el tema que vaya de acuerdo a la fiesta», insistió mi amiga. «No, pues no. La verdad no estoy segura, pero ve ahí donde te digo. Debe de haber. Tal vez súper chiquitas, pero algo es algo. Y si no encuentras, pues avísame. Yo más o menos me acuerdo cómo hacía mi mamá nuestras piñatas. Igual y me aviento y te la hago». Como lo creí al principio, ella no encontró lo que quería y entonces me llamó de nuevo. Así fue como surgió esa primera piñata que abrió la puerta a todo un mundo nuevo, un mundo hecho de papel

Estaba tan concentrada pensando en cómo hacer su piñata que ni cuenta me di que de nuevo estaba emocionada por algo. Hubo muchos retos, desde conseguir papel de colores hasta ponerle la cuerda. ¡No tenía ni idea de cómo! El tema era Toy Story y se me ocurrió hacer al Sr. Cara de Papa, según yo sería lo menos complicado. Estaba muy equivocada (muy). Al último, y ya casi sobre tiempo, terminó siendo un globo aerostático con los marcianitos verdes de la película. Mi amiga estaba feliz, su hija todavía más, y sus invitados quedaron impresionados. Una amiga de ella sugirió que debería hacerlas y venderlas. Yo solo me reí. No me creía capaz.

Ya de vuelta en casa, mi esposo no dejaba de hablar del tema y de cómo cambié por completo mientras hacía esa piñata. Me veía feliz cada día que trabajé en ella, como antes. Me di cuenta que era verdad. Crear algo totalmente desde cero sin tener realmente noción de cómo, me hizo sentir que tenía las riendas de mí misma otra vez. Así empezó mi gusto por el papel, cada vez experimentaba con algo nuevo, origami, book carving, figuras de papel, flores. Hice mi sello característico: los tubitos de papel, y el hecho de que mis piñatas no lucen tradicionales en absoluto, no parecen piñatas.

Las empecé a hacer como regalos para mis conocidas y cada que hacía una me llovían clientes y un cliente me traía otro y así.

Me recuperé a mí misma, mi confianza, mi autoestima, mi relación con mi hija. Las piñatas cambiaron mi vida, me regresaron mi vida. Cada una es hecha con un pedacito de mi corazón, cada una es especial y está cargada de recuerdos, cada una es totalmente hecha a mano, y cada una trae a mi mente lo vulnerables que somos todos y lo increíbles que podemos llegar a ser.

Así fue como surgió mi mundo hecho de papel, el cual recientemente tuvo una larga pausa por la llegada del segundo Octopus pero empieza a ponerse en movimiento otra vez.

Autor: Ana Paez-Flores

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